lunes, 16 de diciembre de 2013

Previsiones para 2014

Creo que este año que termina y que no ha sido demasiado prolífico en lecturas, no merece la lista de lo mejor que he leído este año, aunque si os interesa, ahí va: Junot Díaz.

Voy a optar por otra opción: lo que espero leer el año que viene. Como buena declaración de intenciones, puede quedarse simplemente en eso, en intenciones.

No tengo una bola de cristal, así que desconozco la mayoría de los títulos que se van a publicar el año que viene, pero sí que puedo apostar por lo que conozco y me interesa. Ahí va:

Peter Cameron, Coral Glynn
Hans Fallada, Llop entre llops
Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros
John Cheever, Relatos 2
Carsten Jensen, Nosotros, los ahogados
Jordi Puntí, Maletes perdudes
Henry Adams, La educación de Henry Adams
Alice Munro, Demasiada felicidad
Julio Cortázar, Rayuela
Rafael Chirbes, Crematorio
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego
John Dos Passos, Paralelo 42
Vladimir Nabokov, Habla, memoria
Vicenç Pagès Jordà, Els jugadors de whist
Julian Barnes, Nada que temer
Tobias Wolff, Aquí empieza nuestra historia
Pep Coll, Dos taüts negres i dos de blancs
Nadar, Papel estrujado
John Cheever, Bullet Park
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn




viernes, 27 de septiembre de 2013

Expectativas



De Madame Proust y la cocina kosher me atrajeron dos cosas: Proust y kosher. Lo conocido y lo desconocido. Y la expectativa. El reencuentro con algo que amo y el posible descubrimiento de algo que crees que te puede gustar. Lo que seguro que no me atrajo fue la cubierta de la edición española. Un horror que tras la lectura de la novela puedo afirmar que no refleja, no explica nada del libro.

Kate Taylor cuenta tres historias que se relacionan entre ellas. Hay una primera red de conexiones visible y que configura la trama argumental. La segunda es más sutil y parece querer compensar el desconocimiento verdadero que tenemos de las vidas de personajes reales, mediante la sublimación que permite el arte, construyendo vidas y personajes imaginarios con otros nombres.

Madame Proust y la cocina kosher nos permite leer los diarios ficticios de la madre de Marcel Proust, nos permite conocer la historia personal de la intérprete canadiense que los está estudiando buscando respuestas a su propia vida y huyendo del desamor, y sabemos también de la vida compleja y destruida de Sarah, descendiente de judíos que sucumbieron al Holocausto y madre de Max, el amor de la intérprete.

La novela es correcta. Ya me gustaría a mí algún día llegar a ser capaz de escribir una cosa así. Pero tampoco es espectacular.

domingo, 21 de julio de 2013

El horno no funciona

No he tenido la experiencia de vivir en un piso compartido. Vivia a una distancia relativamente escasa en kilómetrosde la universidad y no fue necesario cambiar provisionalmente de residencia. Tal vez he llegado a una edad en la que vivir en un piso compartido no es la situación ideal. Sin embargo, en cierto modo añoro una experiencia que podría haber sido divertida durante los años universitarios. Tenía amigas que sí que compartían piso. En algunos casos la experiencia acabó como el rosario de la aurora. Hay que escoger bien la compañía, aunque hasta alguien a quien crees conocer muy bien puede darte una sorpresa desagradable una vez de habéis dejado de veros para tomar cañas y pasáis a convivir.


El horno no funciona, de Camille Vannier, va justamente de esto, de un piso compartido. Esta parisina residente en Barcelona, describe muy suscintamente a los múltiples compañeros de piso que tuvo en el barrio de Gràcia. Algunos estuivieron poco tiempo, otros muchos meses. Con algunos se nota que hubo más relación o más simpatía (más anécdotas o detalles), con otros menos.

El horno no funciona desprende frescura y da una idea del tipo y variedad de las relaciones que pueden llegar a establecerse en un piso en el que los inquilinos vienen y se van. Algunos son catalanes, otros extranjeros. Cada uno con sus manías, sus problemas. Complicidades y desencuentros.

Me hubiera gustado una obra más narrativa, con personajes más definidos y tramas que relatasen de una manera más concreta cómo podía haber sido el día a día en aquel piso en el barrio de moda de Barcelona. Pero tal vez la única manera de narrar estas convivencias escurridizas (líquidas, como diríamos ahora) sea la que ha escogido Camille Vannier.


martes, 9 de julio de 2013

Marketing editorial

Hace un par de semanas Babelia publicó un artículo en el que se reflexionaba sobre la dificultad de titular una obra literaria y el papel que juega el título en el éxito comercial de ésta. Participaban en el mismo diferentes autores y profesionales de la edición.

Las opiniones son para todos los gustos y con algunas estoy de acuerdo y con otras no. Creo que quien afirme que el título no tiene nada que ver con el éxito comercial de un libro, se equivoca. Es más, afirmar que los libros no tendrían que tener título, no sólo me parece un desatino con clara voluntad de provocar, si no que es además obviar que nuestra cultura es nominalista.

Evidentemente, un buen título no tiene por qué ir seguido de una gran obra, así como una gran obra puede llevar un título pésimo. Pero raramente encontraremos un éxito comercial con un título nefasto... aunque los hay.

¿Por qué tiene tanta importancia el título? Por la misma razón que la tienen en primer lugar las cubiertas y en tercer lugar los textos de contracubierta. Entremos en una librería tipo FNAC o Casa del Libro, sin tener en mente un libro concreto que comprar. De entrada nos podemos sentir abrumados por la cantidad de libros que esperan pacientes en las mesas de novedades (porque los que están en las estanterías los ignoramos). ¿Qué es lo que va a hacer que nos fijemos en uno y no en otro? La cubierta. Ya sea por su color o colores o por la imagen que incluye o por ambas cosas. La cubierta atraerá nuestra visión hacia ella, hará que la posemos durante un segundo o dos en ella y entonces, tal vez, hagamos el siguiente paso: leer el título del libro. Si nos llama la atención, si título y cubierta casan bien, se nos generará una expectativa. Entonces, tal vez, cojamos el libro, lo volvamos y leamos el texto de la contracubierta. Y ya está: lo volveremos a dejar sobre la mesa de novedades y no volveremos a recordar el libro, lo dejaremos pensando que tal vez otro día o ya me lo pillaré de la biblioteca, o lo agarramos y pasamos por caja.



Huelga decir que las fajas, pegatinas, etc. también ayudan a llamar la atención, pero no creo que jueguen el papel decisivo de los tres elementos que he citado en el párrafo anterior. Repito que no estoy hablando de la calidad de la obra en cuestión, sólo del poder de atracción comercial.

A quien todavía no se haya dado cuenta de que formamos parte de una civilización especializada en la venta de humo, no sé si recomendarle que despierte ya o que siga en su dulce sueño. Elementos completamente ajenos al texto en sí juegan un papel determinante. ¿Y qué más da si al fin, aunque la cubierta sea un horror, el título inocuo y el texto de contracubierta soporífero, previsible y rimbombante, si la obra es buena se sabrá? No, porque si todo esto sucede, tú posiblemente no te fijarás en ese libro, y también pasará bastante desapercibido por los libreros, la crítica literaria, los periodistas culturales... ni el distribuidor le hará especial caso. A no ser que sea la obra de un autor ya muy conocido. O que ocurra un milagro (y suceden, pocos, pero suceden). Y pensaréis... "entonces todos los libros tienen buenas cubiertas, títulos llamativos y textos intrigantes". Y yo te diré que te des un paseo por la librería más cercana que tengas y verás que no.

En este blog ya he dado unos cuantos ejemplos de títulos y cubiertas interesantes. Recuerdo que cuando era una jovencita circulaba un dicho popular que afirmaba "la belleza es a menudo un bonito envoltorio para un decepcionante regalo". La edad me ha enseñado que como en todo, a veces sí y a veces no.

viernes, 5 de julio de 2013

Lecturas vacacionales

Ahora sí. La lista de las lecturas que pienso hacer durante mis vacaciones estivales. No ha sido una elección consciente, pero me he dado cuenta de que las cuatro novelas han sido escritas por mujeres. Alguna razón habrá. Nada es casual.



El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce. La palabra insólito está muy manida, pero sigue llamándome la a atención. Asociar zapatos y peregrinaje en una cubierta, me parece una idea excelente, ya que resulta muy evocador y por la reiteración, refuerza la idea que pretende transmitir.



La Reina de la Remolacha, de Louise Erdrich. Me llamaron la atención tanto la imagen de la cubierta: una representación poderosa de una mujer atractiva que parece ser de armas tomar (una reina), como la palabra remolacha, la cual me resulta inusual.



Madame Proust y la cocina kosher, de Kate Taylor. La cubierta no es que me guste demasiado. Lo que me atrajo fue Proust (está por ver si hay alguna relación) y cocina koscher. No porque yo sea una aficionada a la cocina exótica, sino por la relación de los elementos.



La chica zombie, de mi amiga Laura Fernández, una voz peculiar de la narrativa española actual, que ya debió sorprender a quienes leyeron su novela anterior: Wendolyn Kramer. Cualquier libro suyo es una lectura obligatoria porque no se parece en nada a lo que puedes encontrar en una librería.

¿Qué vais a leer vosotros?

lunes, 1 de julio de 2013

Puro optimismo

LA CIUDAD

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.


Kavafis

jueves, 27 de junio de 2013

Listas

Llegan las vacaciones. Uno de mis momentos preferidos del año es cuando escojo lo que planeo leer durante éstas. Creo que ya he dicho en alguna ocasión que me encantan las listas. Y todavía más tachar aquello ya realizado. Es más, guardo hasta las listas en las que he tachado todo lo que estaba en ellas. Tengo una carpeta llena. Algunas ya digamos que "archivadas", otras aún abiertas.

Empecé con este vicio (iba a poner práctica, pero es un vicio) cuando estaba en el instituto. Hoy, más de 20 años después, todavía lo conservo. De hecho, gracias a este vicio, tengo una lista completa de todos los libros que he leído desde el verano de 1994, cuando empecé a anotar metódicamente todos y cada uno de los libros que leía, por orden cronológico y agrupados por estaciones. Puede parecer una tontería y una pérdida de tiempo típica de un carácter con transtorno obsesivo-compulsivo, pero tiene sus ventajas. Si eres una persona que tiene una cierta fijación por volver al pasado, mirarlo retrospectivamente e intentar buscar un sentido al presente a la luz del primero. O si simplemente tienes una temprana consciencia de que como cualquier otro ser humano eres historia y además tienes curiosidad por la persona que fuiste, esta práctica aporta información muy relevante.

Puedo descubrir con facilidad qué era lo que me interesaba cuando tenía 16, 22 o 30 años. Al principio las lecturas eran caóticas. Leía cualquier cosa. No había una relación entre las lecturas. No es difícil deducir que cuando era una quinceañera era una lectora voraz abrumada y entusiasmada por el descubrimiento que acababa de realizar: la literatura para adultos. Todo estaba por descubrir. Cada libro era un mundo nuevo. Con el paso del tiempo, me fui centrando. Ya se me había despertado un gusto literario. Lo que leía tenía alguna relación. Tal vez no perceptible de una forma clara y distinta, pero había vínculos subyacentes. También es fácil observar en qué momentos he leído más o menos. También es fácil deducir por qué. Es más, hasta puedo recordar la razón por la cual en cada momento leía cada título.

Cuando iba a la universidad y estaba en la época de exámenes, al ser una estudiante de letras, tenía que pasar muchas horas estudiando. No puedo hablar de cómo se preparaba los exámenes un futuro arquitecto o ingeniero, pero sí que sé cómo lo hacía yo. Me pasaba muchas horas seguidas leyendo apuntes. Todos los meses de febrero y junio durante cuatro años, leí libros de Tom Sharpe y P. G. Wodehouse. Quería relajarme, distraerme y reír. Romper la rutina diaria haciendo en el fondo lo que más me gustaba: leer. Me pasaba el día leyendo apuntes y en los momentos de descanso, leía a estos autores británicos. Pasada mi época de estudiante, no he vuelto a leerlos. Creo que este hábito me creó un anclaje tan fuerte, que los tengo tan asociados a ese periodo de mi vida que me constará volver a ellos en un contexto completamente diferente. Cuando hace unos días me enteré de la muerte de Tom Sharpe, una de las primeras imágenes que me vino a la mente fui yo sentada en la biblioteca de la facultat... estudiando.

Quería en este post escribir sobre los libros que pienso leer estas vacaciones. Presentar una mini lista. Una declaración de intenciones. Pero me he dejado llevar y ha salido otra cosa.  La lista, otro día.

lunes, 24 de junio de 2013

Escribir en la cama

Esta semana he tenido acceso por casualidad a un artículo de hace dos años publicado en The Guardian en el que se explican las ventajas de escribir en la cama. Da además algunos ejemplos, entre ellos el muy conocido de Marcel Proust.


Mark Twain

A mí nunca me ha parecido que escribir en la cama deba ser algo especialmente cómodo. Es más, por las mismas necesidades de la escritura debe ser relativamente sencillo tener la necesidad de levantarse de la misma con cierta frecuencia para hacer consultas en materiales de referencia. El contraste de temperatura entre entrar y salir, sobre todo en invierno, me parece una tortura. Ahora, con internet, esta necesidad debe haberse reducido drácticamente, pero en la época de Proust, internet no existía. Ni siquiera era concebible. Pero seguro que Proust tenía criada.

Cuando estudiaba en la universidad, Fernando Valls, uno de los profesores de literatura que tuve, nos explicó el caso de un escritor español que en un momento dado decidió que se quedaba a vivir en la cama. No logro recordar el nombre del escritor. Sin embargo, me quedé con la anécdota no sólo por su carácter excéntrico, sino porque también me planteaba dudas de carácter logístico. Vivir en la cama, literalmente, es imposible. Bien tienes que levantarte para mear. ¿O lo haces en un orinal? ¿O te autoinflinges la tortura de una sonda? Necesitas vivir acompañado, porque solo no puedes. Sea quien sea quien viva contigo, ¿cómo te lo tolera? A mí me viene mi pareja y me dice que ha decidido quedarse a vivir en la cama y tras constatar que va en serio y no me está tomando el pelo, llamo a un psiquiatra. Tal vez todo esto no sea más que envidia. No me gustaría vivir en la cama, pero si pasar mucho más tiempo en ella.

Pero volviendo al artículo. La principal ventaja de escribir en la cama parece ser que favorece el acceso al inconsciente, ya que en los estados inmediatamente anteriores al sueño o posteriores al despertar, el estado de plena consciencia todavía no ha ocupado por completo nuestras mentes y ello favorece al flujo creativo. Y son muchas las técnicas de escritura creativa que intentan favorecer el acceso a este estado, como por ejemplo la escritura automática.

jueves, 20 de junio de 2013

Libros y rulos: Los oficios terrestres

Sí, es verdad, no paran de cerrar librerías. No sé detalladamente qué está pasando en España, pero en Barcelona, desde hace unos cuantos años, es un no parar. En poco más de diez años han cerrado muchas de las librerías que conformaban el paisaje sentimental de los lectores de la ciudad. La librería francesa (en Passeig de Gràcia), la Cinc d'Oros  y la Áncora y Delfín (ambas en la Av. Diagonal), Ona (en la Gran Via de les Corts Catalanes) y este 2013 ha sonado la alarma a raiz del cierre de la librería Proa, la librería Catalonia y el traslado de la librería Jaimes. Hace pocos días se ha anunciado también el cierre de la librería Canuda, en la que parece ser que se basó Ruiz Zafón en su novela La sombra del viento. Seguro que han cerrado más librerías, pero su cierre no ha tenido la repercusión mediática de las que he citado, porque quizá no se encontraban en lugares tan emblemáticos de la ciudad o porque no eran tan antiguas, o porque su local no va a ser ocupado por un McDonalds.

No quiero hacer un discurso apocalíptico. Es cierto que las ventas de libros, por muchas razones y no todas relacionadas con la crisis, han bajado y que el alquiler de los locales se había disparado durante los últimos años. Creo simplemente que muchas de estas librerías representaban la clase media de las librerías, esto es, lo que se encuentra entre una FNAC o Casa del Libro y una pequeña librería militante como, por ejemplo, la Taifa (calle Verdi). Y ya sabemos que la situación está conduciendo a la polarización: para sobrevivir tienes que ser una gran corporación o dedicarte a la guerrilla y estar muy especializado. Lo que está en medio, lo que equilibraba el ecosistema, se ha ido a tomar por saco (aunque existan todavía buenos ejemplos de clase media). Repito, por muchas razones y no todas debidas a la crisis económica.


Esta pequeña introducción viene a cuento de un descubrimiento que he hecho hoy. Ante el cierre de librerías históricas no deja de sorprenderme la apertura de otras. Microlibrerías. Guerrilla pura. Muy especializadas. Madrid es un claro ejemplo de este fenómeno. Hay calles en las que puedes encontrar, a escasos metros unas de otras, tres o cuatro de estas microlibrerías. Generalmente regentadas por gente joven. Muy a menudo un híbrido entre librería y cafetería. Pero lo que hoy he descubierto es el no va más: la librería / peluquería. Y no me estoy cachondeando. Me encanta la idea. Se llama Los Oficios Terrestres y se encuentra en Palma de Mallorca. Si algún día estoy por allí, aprovecharé para pasarme y hacerme unas mechas.

Los oficios terrestres es, además, el título de un libro de Rodolfo Walsh.

jueves, 6 de junio de 2013

Dolor y humor: Así es como la pierdes

Así es como la pierdes es la traducción al castellano del último libro de Junot Díaz publicado en España. Ganador del Premio Pulitzer 2008 y el National Book Critics Circle Award por La maravillosa vida breve de Oscar Wao, su primera y hasta ahora única novela, Junot Díaz es un autor relativamente joven con una trayectoria que ya no es prometedora, sino una realidad fehaciente.



Este conjunto de relatos tiene como protagonista a Yunior, una especie de álter ego juvenil del autor. Puede leerse como una novela, ya que los personajes son recurrentes, tanto en su presencia como en su ausencia. Sin embargo, todos y cada uno de los cuentos tiene su propia entidad. Se sostienen por sí mismos.

Yunior es un joven solitario, un emigrante dominicano en New Jersey. Llega con su madre y su hermano siendo tan sólo un niño para reunirse con su padre. Tiene relaciones más que complicadas con las mujeres porque tiene serias dificultades para mantener el pajarillo dentro de la jaula y llega el día en que le rompen el corazón. Y es que como reza la contracubierta "lo que les hacemos a nuestros ex amantes nos lo harán inevitablemente a nosotros". Pero un corazón puede romperse de muchas maneras, no sólo por desamor. Las ausencias y el efecto que éstas dejan en los seres que amamos y que podemos percibir, observándolas a una distancia respetuosa y silenciosa, también pueden llegar a romper un corazón.

Describir la depresión provocada por el desamor como “un avión chocándose contra su alma” o el invierno en Boston como terrorismo, son ejemplos del estilo descarnado a la par que hilarante, que caracteriza la prosa de Díaz. Una prosa ágil, divertida, brutal, aguda e inteligente. Tiena una capacidad más que notable para generar metáforas que sacuden más fuerte que un gancho de derecha. Díaz conjuga como nadie el dolor con el humor.

domingo, 5 de mayo de 2013

Un día cualquiera

Juan Berrio tal vez no sea un autor especialmente conocido para aquellos ajenos al mundo del cómic. Tampoco lo deben conocer los aficionados al medio que no se han adentrado en derroteros menos populares. Sin embargo, Juan Berrio posee una larga trayectoria en la historieta breve, en la ilustración y en el libro infantil. Su última obra publicada, Miércoles, es su primera novela gráfica. La trama argumental es sencilla: diferentes personajes entrecruzan sus historias a lo largo de un miércoles. Estructuralmente ya es más complicada, porque se abre y se cierra con los mismos personajes, siguiendo un patrón argumental consecuente, relacionando todo el tiempo a los mismos personajes entre ellos de una manera ágil y creíble, y aunque las historias particulares contadas al lector no trascienden la mera anécdota (como la mayoría de las cosas que nos suceden a cada uno de nosotros casi todos los días de nuestras vidas), consiguen mantener la atención de éste. Tal vez sea por la ternura que destila la obra y sobre todo por el tejido de casualidades que la hilvana. Especialmente acertada es la paleta de colores utilizada, la cual combina perfectamente con el trazo limpio de Berrio y de la un empaque y calidez a una historia de apariencia sencilla.


 Miércoles ganó el V Premio Internacional FNAC-Sins Entido de de Novela Gráfica 2012. Ha sido publicada por Editorial Sins Entido.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Familias literarias

¿Os imagináis una familia literaria? Una familia en la que cada uno de sus miembros es un artista; con sus inseguridades, sus miserias, sus neurosis... Una familia repleta de eneatipos cuatro: espíritus creativos con una fuerte carga emocional, siempremás preocupados por aquello de que carecen que por disfrutar de lo que tienen. Tom Gauld la describe suscintamente en esta viñeta.


Hasta las mascotas forman parte de la familia. En definitiva, muy americano. Imagínate convivir con una madre que ajustará cuentas contigo reprochándote tu ingratitud y lamentándose en sus memorias por haberte dedicado los mejores años de su vida. Un hijo que lo hará contigo en su biografía, acusándote de ser el causante de todos los traumas que le incapacitan para vivir un presente pleno.
Un escenario repleto de amor, como cualquier familia que se precie de su nombre. Tal vez sea preferible formar parte de una familia ágrafa.

miércoles, 10 de abril de 2013

Cómo se pasa la vida... tan callando

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte 
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

jueves, 21 de marzo de 2013

Lecturas de Semana Santa

Una semana puede dar para poco y puede dar para mucho. Una semana puede ser una metáfora perfecta de la vida. Aunque no me considero especialmente audaz, me gusta probar y descubrir cosas nuevas y en lo que respecta a las lecturas, no soy especialmente fiel. Cuando era más joven, sí que tenía un comportamiento más obsesivo. Cuando un autor me gustaba, me leía toda o casi toda su obra. Con la edad, me he vuelto tastaolletes. Quizá porque el placer orgásmico del descubrimiento se ha ido desteñiendo hasta casi desaparecer y, como un amante hastiado, ando persiguiendo esos momentos mágicos que sólo se viven cuando aún todo está por descubrir y la capacidad de sorprenderse permanece intacta, es más, inmaculada.

Todo esto viene a introducir mi plan de lecturas para esta Semana Santa. En España no somos lectores de relatos y menos aún de antologías. A mí me encantan y me muero de ganas de empezar a leer Mujeres de los fiordos. Como ya os habréis imaginado se trata de una antología de relatos de autoras nórdicas, en este caso noruegas.


El otro es la novella  De visita, de Maeve Brennan, mi último descubrimiento y a quien ya me he referido en este post. Porque algunas pulsiones de juventud que nunca se superan y porque parafraseando mis versos preferidos de Neruda, nosotros, los de ahora, aún somos los mismos.

 

sábado, 16 de marzo de 2013

Maeve Brennan y la laceración

En los viajes se producen descubrimientos. Éstos son incontrolables e impredecibles. No esperar nada suele ser la clave para encontrar algo. Mi descubrimiento de Maeve Brennan es el resultado de un doble viaje. El primero, el que emprendes al entrar en una librería sin buscar nada en concreto, pero receptivo a que algún libro te llame. Porque te llaman. Que te fijes en uno u otro no es casualidad. Te llama su título, su cubierta, alguna cosa. El neuromarketing seguro que lo explica, pero yo prefiero una explicación más mágica. Una cubierta o un título te atraen porque apelan a algo que está en tu inconsciente y tú desconoces; esto es, magia. Estoy aprendiendo a no subestimar todas estas casualidades que no tienen nada de casual.

El segundo viaje implicado en este encuentro es el que realizé a Palma de Mallorca este otoño por motivos laborales. Paseaba sin rumbo con unos amigos cuando entramos en la librería la Biblioteca de Babel, y el resto ya lo podéis deducir por lo que he explicado antes.

Maeve Brennan es una escritora de origen irlandés que residió la mayor parte de su vida en Nueva York. Escribió en The New Yorker auspiciada por William Maxwell, un editor y escritor al que admiro profundamente, como ya he demostrado en este mismo blog. Alfabia está publicando poco a poco su obra en España, donde es prácticamente una desconocida. Maeve Brennan fue una mujer libre y excéntrica que tuvo un triste fin de sus días. Su biógrafa, Angela Bourke, sugiere que Truman Capote pudo inspirarse en ella para crear el personaje de Holly Golightly, de Desayuno en Tiffany's, interpretado en el cine por Audrey Hepburn. No deja de haber un cierto parecido.


Las fuentes del afecto es un conjunto de relatos que pueden agruparse en tres bloques, teniendo todos ellos como telón de fondo la ciudad de Dublín. Los primeros se centran en la infancia de una niña que se llama Maeve y es fácil tener la tentación de pensar que de un modo u otro son autobiográficos. La infancia, con algunas excepciones*, es el paraíso perdido de la edad adulta. Éste primer ciclo nos presenta a una niña que en muchos casos se está limitando a observar el mundo de los adultos (¿qué otra cosa puede hacer?), pero ya es lo suficientemente observadora y lista para llevarse algunos desengaños ("La más lista"); sobrecogerse al experimentar una culpa impuesta ("La mentira"); descubrir que siente un impulso interno a contar historias ("La mañana después del incendio"); y saber que cada uno de nosotros escoge cómo quiere ver la realidad ("El viejo del mar").


Sin embargo, el cuento que me ha llevado a escribir ya este post, aunque no he leído todavía ni un tercio del libro es "Una chica puede malograr su suerte", el cual presumiblemente abre el segundo ciclo, centrado en las relaciones adultas representadas por los matrimonios Derdon y Bagot. El cuento en cuestión se centra en los Derdon y me ha parecido devastador. Una aguda y dura representación de cómo dos personas viven juntas pero en mundos a parte y están condenadas a convivir no sólo sin entenderse, sino que sin tan siquiera encontrarse. Brennan describe, sin cargar las tintas, esas pequeñas pero lacerantes mezquindades existentes en el seno de muchos matrimonios. Sedimentadas y refinadas por años de convivencia ingrata. No habla de grandes conflictos melodramáticos, sino de cómo la amargura resultante de la constatación de que aquello en que se creyó en su momento no fue más que una ilusión, es el veneno que se dosifica en el lento asesinato psíquico del otro y de sí mismo. Nada más que decir.


* Más frecuentes de lo que creemos.

jueves, 14 de marzo de 2013

Paratextos #3



La vida interior de las plantas de interior es ya de por sí un título curioso. Cacofónico. Un pez que se muerde la cola. De su seno emerge un hálito filosófico, metafísico. Un título que puede resultar evocador para unos y petulante para otros. No he leído el libro. De Patricio Pron sólo he leído El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, novela que no me desagradó, aunque tampoco me volvió loca. Sin embargo, debo precisar que la leí en el asiento trasero de un Ford Focus durante el trayecto Barcelona-Bilbao el pasado mes de agosto, con Herois de la Katalunya Interior de banda sonora de fondo. En condiciones así, emocionarse con algo es casi un acto heroico. Sería interesante comprobar la adecuación del título y la preciosa ilustración de cubierta con el contenido de este libro de relatos. No sé si sucederá con la imagen, pero por lo poco que conozco la obra de Pron, estoy casi segura de que el título es completamente pertinente.

viernes, 8 de marzo de 2013

Tres veces rebelde

Divisa

A l’atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,

de classe baixa i nació oprimida.

I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.


Maria-Mercè Marçal


miércoles, 6 de marzo de 2013

Una bibliotecaria clave en el origen de Rebeldes, de Francis Ford Coppola

Como ya quedó patente en este post, siento debilidad por la película Rebeldes, de Francis Ford Coppola. Hoy he descubierto cómo una pequeña iniciativa fue la palanca que provocó que la novela de S.E. Hinton fuese llevada al cine.

Jo Ellen Mikasian,  bibliotecaria en una escuela de Fresno, California, escribió una carta a Francis Ford Coppola en representación de más de un centenar de alumnos del centro, que también firmaron la firmaron, pidiéndole que considerase la posibilidad de realizar la adaptación cinematográfica de la novela. Tres meses más tarde recibieron respuesta del productor Fred Roos y el resto de la historia ya os lo podéis imaginar.

Una pequeña acción con un gran resultado. Una bibliotecaria comprometida con su labor de fomento de la lectura. Estudiantes que leen y se enamoran de un libro. Una ilusión compartida y una apuesta por la acción. Podían simplemente haberse ilusionado, pero decidieron actuar. Un mensaje en una botella que llegó a su destino. Y allí estaba alguien dispuesto a escuchar. Una conjunción de pequeñas pero relevantes piezas aunadas por el entusiamo.

Una historia pequeña y romántica que demuestra el poder de las personas anónimas para que se produzcan cosas, para que el mundo se mueva y, por qué no, cambie.

La historia completa con reproducciones de las cartas originales aquí.

Paratextos #2

No he leído este libro ni sé nada de él más que lo que cuenta su texto promocional y mi infinita confianza en el buen criterio de Valeria Bergalli, la editora que se encuentra detrás de este proyecto. Pero me he enamorado de su cubierta.



El texto promocional dice lo siguiente:

«Mi padre me compró en la ciudad por 365 francos. Eso es mucho dinero, más aún por una niña que no tiene ojos en la cara. A mis padres se lo oculté durante tanto tiempo como pude; si quieres convertirte en hija, es preferible no destruir sus esperanzas nada más cruzar la puerta. Eso nos lo inculcó la directora. En su casa no nos podemos quedar: somos demasiados, tenemos que integrarnos con la gente. A los que tienen los ojos bonitos, el pelo tupido y buena dentadura les va mejor. A los demás nos conviene tener también algo en la cabeza; es el órgano más importante, puede llegar a sustituir un brazo. Pero no todos los seres humanos son iguales. En el caso de los padres, el órgano más importante es la paciencia.»


Así comienza la historia de Picoverde, que, tras ser entregada en adopción, llega a su nuevo hogar: una variopinta familia rodeada de vecinos y amigos inmigrantes en la Suiza de los años setenta.

En fin, no sé cómo será al final el libro, pero este buen gusto en la selección de la cubierta, merece el premio de una compra segura.

domingo, 27 de enero de 2013

Los ídolos de nosotros, por la sumisa fe de después


Ídols

Aleshores, quan jèiem
abraçats davant la finestra
oberta al pendís d'oliveres (dues
llavors nues dins d'un fruit que l'estiu
ha badat violent, i que s'omple
d'aire) no teníem records. Érem
el record que tenim ara. Érem
aquesta imatge. Els ídols de nosaltres,
per la submisa fe de després.

Gabriel Ferrater, Teoria dels cossos

martes, 22 de enero de 2013

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos

Hay libros que se leen en el momento apropiado. Libros que se leen demasiado pronto y otros que nunca tienen su momento. Así como últimamente constato modo martillazo que la experiencia es aquello que adquieres justo después de haberla necesitado, todavía no he sentido tras terminar un libro que haya llegado a mí demasiado tarde, ni con Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, que ya es decir.

Todo esto me viene a la mente tras la relectura reciente que he hecho de La insoportable levedad del ser, novela que leí cuando iba al instituto y que recuerdo que en su momento me gustó mucho, si bien no logro entender la razón, ya que difícilmente con quince años podía haber entendido este libro. O tal vez sí. Quién sabe.

De cualquier modo, lo que me sorprende no son los diferentes niveles de lectura que puede realizar una persona a medida que su propia vida, a lo largo del transcurso de los años, va adquiriendo más capas. Ni qué decir tiene que para según qué libros va bien que estas capas se hayan adquirido mediante la técnica del hachazo. Más allá del contenido filosófico y psicológico de la novela de Kundera, la reflexión sobre la levedad, el papel que juega la casualidad en nuestros destinos y, en consecuencia, la inmensa futilidad del amor y el sexo en nuestras vidas (constatación trágica ya que son dos aspectos a los cuales les damos un extraordinario valor); lo que de veras me ha sorprendido es constatar que a pesar de que hayan transcurrido más de 15 años desde su primera lectura, la esencia del ser que se enfrentaba al texto seguía siendo el mismo.


Recordaba pocas cosas de la novela más allá de Sabine y su sombrero, el adulterio, la imagen de Teresa ante la puerta con Ana Karenina bajo el brazo y Karenin. Recordaba sobre todo a Karenin y ciertas páginas del libro que en su momento me emocionaron profundamente. Pero claro, era una pipiola. Pues bien, lo han vuelto a hacer. Es como volver a ver Los puentes de Madison County y que se te salten las lágrimas siempre con la misma secuencia (la de la cadenita en el retrovisor). Y pasa.

No sé si a vosotros os sucede lo mismo, pero mirando atrás a veces me cuesta reconocerme en la niña que fui y esto también es aplicable a la adolescente que perpetré. Tal vez quince años no sean nada pero para mí son casi el 50% de mi vida. El verso, aquí descontextualizado, de Pablo Neruda "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", no tiene sentido. Somos y hemos dejado de ser, pero aún somos.

Y esta maravillosa constatación de que al emocionarme con el mismo fragmento que me emocioné hace muchos años sigue quedando algo de aquella persona que fui antes de empezar a vivir proactiva y reactivamente, me emociona y reconforta a la vez.

domingo, 13 de enero de 2013

Complicada supervivencia

Imaginaos que sois una adolescente y que vive en una comunidad menonita, por lo que lo mejor que os depara la vida es la muerte. Seductor, ¿verdad? Esto es lo que le pasa a la Nomi, protagonista de Complicada bondad de Miriam Toews (Anagrama).

La literatura procedente de Canadá es bastante desconocida por los lectores peninsulares. Con la excepción del galardonado Robertson Davies, Alice Munro, Margaret Atwood y pocos más, casi desconocemos la producción editorial de un país tan grande.


Complicada bondad fue galardonada con un premio muy parecido al Premi Llibreter: el Premio al mejor libro del año otorgado por los libreros canadienses. Se trata de la primera novela de esta autora publicada en España, a pesar de ser su tercera obra.


Siento una especial debilidad por Canadá. Desde que estuve pienso que es un país ideal para vivir si olvidamos que en invierno pueden llegar a unas temperaturas aterradoras para aquellos que estamos acostumbrados al clima mediterráneo. Los días que pasé allí me hicieron quedarme con la impresión de encontrarme con un país tolerante, mucho más que España, por ejemplo. No es extraño que haya muchísima inmigración procedente de muchos lugares del mundo, con la clara excepción de los países con climas cálidos, claro. Quizás por esta razón comunidades como los menonitas y los amish eligieron Canadá como uno de los lugares donde establecerse cuando huyeron de las persecuciones religiosas en Europa.





Toews, con humor, nos hace partícipes de la angustia vital que una joven con los mismos intereses que el resto de jóvenes de su edad, puede experimentar en una comunidad tan pequeña, regulada y castradora como la suya. Aún peor si el líder espiritual es tu tío y tu hermana uno de los miembros más díscolos de la comunidad.

En una comunidad así, cualquier intento de particularizarse dentro de la masa es una fuente de problemas. Las opiniones libres, los sentimientos individuales, las relaciones con los demás más allá de lo establecido como correcto y saludable ... La sombra del pecado es el elemento regulador y coercitivo que aglutina toda la comunidad. Nomi no es idiota, sin embargo, y a menudo se cuestiona la arbitrariedad con que se establece qué es pecado y qué no lo es.


No creo que sea una novela excepcional como sí lo es por ejemplo Arthur y George, de Julian Barnes y sobre la que ya he escrito, pero si una buena oportunidad para conocer que se cuece dentro de estas pequeñas comunidades, la existencia de las cuales encontramos anecdótica.

viernes, 11 de enero de 2013

Nieve

Cuando todas las mañanas se afeita delante del espejo, la espuma de afeitar le recuerda que será feliz el día que por fin consiga realizar el viaje de sus sueños: las blancas y silenciosas montañas nevadas de Canadá. E irremediablemente cada mañana también, observa como las pompas de espuma de afeitar son engullidas por el desagüe del lavabo. 

Al salir de éste ya puede oler el aroma del café que sale de la cocina. Su mujer, despeinada, aún en pijama, está preparando unas tostadas que el no va a tener tiempo de de comer. Corre a despertar a los niños. No consigue librarse de una punzada de dolor diaria al tener que arrancarlos tan pronto de la seguridad y calidez que adivina bajo el mullido edredón. Vuelve a la cocina. Se toma el café rápidamente, escuchando distraídamente las noticias de la radio y pensando en que si hay tráfico llegará tarde a la oficina. 

Cruzar el umbral de la puerta es la salida al campo de batalla. No sabe ni cómo y ya está dentro del coche. La radio encendida. Se ha destapado un nuevo caso de corrupción. Terremoto en Chile. Revueltas en los suburbios de París. Sube el IPC. Esta noche semifinal de la Champions. Lluvia para esta tarde. “¡Cómo se va a poner el tráfico!” El previsible embotellamiento. Mira a la mujer que está al volante en el coche de al lado. Aprovechando que el coche está parado, se está maquillando los ojos. Tiene cara de cansancio y no son ni las ocho de la mañana. Al mirarla, no logra recordar cuánto hace que su mujer dejó de maquillarse, ni tampoco si ha dejado de hacerlo alguna vez.

El claxon del coche de atrás lo despierta violentamente de su letargia y pone primera. Pasa a escasos cincuenta quilómetros por hora por delante de la fábrica de cemento. Su imponente presencia gris ya ha comenzado a desprender un humo plomizo. Y vuelve a pensar en las blancas cimas de las montañas de Canadá.

Llega a la oficina cansado y deprimido. Enciende el ordenador con hastío, listo para pasarse las próximas diez horas apagando fuegos. El compañero de la mesa de al lado le pregunta si quiere participar en la porra del partido de la noche. Contesta que sí, y da un posible resultado sin pensar mucho en él. No le gusta el fútbol. Cuando llega la hora de la comida, se ha tomado tres cafés de la máquina de vending y ha mirado el reloj siete veces. Baja con sus compañeros a comer un menú del bar de la esquina. Hablan de trabajo, de fútbol y de lo mal que va el mundo. Cuando vuelve a instalarse delante del ordenador dentro de la oficina casi vacía, experimenta un ligero adormecimiento. Una dulce sensación de abandono. Lo despierta el teléfono. La secretaria del jefe del departamento de ventas le informa que se ha adelantado la reunión prevista para las seis a las cuatro y media. Nerviosismo. Dispone de menos tiempo del previsto para repasarse el informe que acabó de redactar ayer por la noche. Va a por un café a la máquina y vuelve a su mesa. La oficina vuelve a estar en marcha. No recuerda si la gente ha vuelto o no antes de que sonase el teléfono. Se sumerge en la relectura frenética del informe.

La reunión acaba a las siete y media. “Si me doy prisa aún podré cenar con mis hijos.” Hay tráfico, aunque menos del previsto. Enciende la radio. Está en marcha la previa del partido. “Claro, la gente está ya en su casa preparando la cena para verlo. Lo había olvidado por completo.” Tiene que rehacer el informe porque al parecer no se ajusta a los objetivos del departamento de ventas. Al volver a pasar por delante de la fábrica de cemento, recuerda las noches de su juventud, cuando recorría un trayecto similar con su pandilla de amigos los fines de semana para salir de juerga. Recuerda el sonido de las risas en el interior del coche y aquella lejana sensación de que el mundo estaba a sus pies y de que todo estaba por hacer y todo era posible. Con una cierta angustia en su pecho se pregunta qué habrá sido de Juan, de Manuel y de Pedro. Hace años que han perdido el contacto. “Ojalá todo les vaya bien.”

Sin saber muy bien cómo está delante de la puerta del ascensor de su casa. Las ocho y media. Mientras busca las llaves en el bolsillo de la gabardina, oye gritos de euforia en el piso de al lado. “Deben haber marcado.” Por más que lo intenta, no logra recordar cuál ha sido su apuesta en la porra.

Cuando abre la puerta de su casa se encuentra ante un pasillo oscuro. Al fondo, la luz amarillenta del comedor. La tele encendida. La voz del locutor del partido al fondo. Su mujer en la cocina. Lo recibe con una sonrisa cansada mientras envuelve con papel de aluminio los bocadillos del desayuno del colegio de los niños para el día siguiente. Al entrar en el comedor, ve a los niños sentados a la mesa, cenando, mientras miran el partido. Miguel, el pequeño, se gira y lo mira: “¡Papá, mira, mira qué he hecho!” Apaga la televisión, se acerca a la mesa y mira por encima de su hijo. Sobre el plato ve una montaña blanca de arroz. Miguel le sonríe con candor, y con la base de la cuchara la aplasta, la recoge y se la mete en la boca. Su padre siente una opresión en el pecho, seguida de un ligero mareo. Suelta el maletín. Se deja caer sobre una silla, y se pone a llorar en silencio.

domingo, 6 de enero de 2013

Reyes

Ni Sherwood Anderson, ni Julian Barnes, ni Larry McMurtry, ni D.E.Stevenson: Hans Fallada e Ingrid Noll.



Llop entre llops (Lobo entre lobos), de Hans Fallada


Por la borda, de Ingrid Noll

viernes, 4 de enero de 2013

Llorones

"Mi generación lo ha tenido todo, aunque muy poco que esperar. Ha crecido con más bienestar y ofertas de información y movilidad que todas las generaciones que la precedieron. Es una generación con una juventud dorada, cuyas perspectivas de futuro a corto y largo plazo son todo menos brillantes."


Este es el certero análisis de la juventud actual, aquellos nacidos en la década de los ochenta, que realiza la joven Meredith Haaf en Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos. Este es un ensayo sociológico bien documentado y también un texto político. Haaf analiza la situación actual de la juventud alemana, aunque en muchos aspectos -pero no en todos- podría ser extrapolable a la española, y constata la desesperanza e inmadurez de una generación que justo en los albores de su vida adulta ya sabe que está condenada a lamentarse suspirando "cualquier tiempo pasado fue mejor". Una generación que sabe que a diferencia de sus padres y abuelos, no viven en una época de progreso, que sus vidas no van a ser una línea ascendente, sino que lo mejor ya ha pasado, su época dorada ha sido la infancia y que ante ellos, tanto en su presente inmediato como en su futuro, no hay más que un abismo de precariedad e involución.

"(...) el temor de que las cosas vayan mal es mayor que la esperanza de que todo salga bien."

"(...) el discurso sobre los requisitos vitales característico de comienzos de siglo XXI está orientado a transformar a las personas en seres nerviosos y desanimados."

Sin embargo, éste no es un libro victimista. Es realista en su análisis de la situación actual y de los efectos que tiene en el estado de ánimo y en la frustración de los proyectos de vida de los jóvenes, pero a la vez es muy crítico con éstos, ya que les reprocha su infantilismo, inmadurez, individualismo pertinaz, insolidaridad y falta de compromiso político. Todos y cada uno de los aspectos de la vida son analizados con agudez y amargura. Ni la misma autora se salva de la autocrítica.

Dejad de lloriquear es justo esto, una llamada a que los jóvenes dejen de lamentarse por su situación y salgan de esa zona de confort profundamente inmadura en la que se refugian ante la desesperanza y la falta de ilusión, ese escepticismo y distanciamiento hedonista y nihilista a la par, y tomen individual y colectivamente las riendas de su vida comprometiéndose por cambiar la herencia de su presente y su futuro, la cual no tiene porque ser ineluctable.