sábado, 16 de marzo de 2013

Maeve Brennan y la laceración

En los viajes se producen descubrimientos. Éstos son incontrolables e impredecibles. No esperar nada suele ser la clave para encontrar algo. Mi descubrimiento de Maeve Brennan es el resultado de un doble viaje. El primero, el que emprendes al entrar en una librería sin buscar nada en concreto, pero receptivo a que algún libro te llame. Porque te llaman. Que te fijes en uno u otro no es casualidad. Te llama su título, su cubierta, alguna cosa. El neuromarketing seguro que lo explica, pero yo prefiero una explicación más mágica. Una cubierta o un título te atraen porque apelan a algo que está en tu inconsciente y tú desconoces; esto es, magia. Estoy aprendiendo a no subestimar todas estas casualidades que no tienen nada de casual.

El segundo viaje implicado en este encuentro es el que realizé a Palma de Mallorca este otoño por motivos laborales. Paseaba sin rumbo con unos amigos cuando entramos en la librería la Biblioteca de Babel, y el resto ya lo podéis deducir por lo que he explicado antes.

Maeve Brennan es una escritora de origen irlandés que residió la mayor parte de su vida en Nueva York. Escribió en The New Yorker auspiciada por William Maxwell, un editor y escritor al que admiro profundamente, como ya he demostrado en este mismo blog. Alfabia está publicando poco a poco su obra en España, donde es prácticamente una desconocida. Maeve Brennan fue una mujer libre y excéntrica que tuvo un triste fin de sus días. Su biógrafa, Angela Bourke, sugiere que Truman Capote pudo inspirarse en ella para crear el personaje de Holly Golightly, de Desayuno en Tiffany's, interpretado en el cine por Audrey Hepburn. No deja de haber un cierto parecido.


Las fuentes del afecto es un conjunto de relatos que pueden agruparse en tres bloques, teniendo todos ellos como telón de fondo la ciudad de Dublín. Los primeros se centran en la infancia de una niña que se llama Maeve y es fácil tener la tentación de pensar que de un modo u otro son autobiográficos. La infancia, con algunas excepciones*, es el paraíso perdido de la edad adulta. Éste primer ciclo nos presenta a una niña que en muchos casos se está limitando a observar el mundo de los adultos (¿qué otra cosa puede hacer?), pero ya es lo suficientemente observadora y lista para llevarse algunos desengaños ("La más lista"); sobrecogerse al experimentar una culpa impuesta ("La mentira"); descubrir que siente un impulso interno a contar historias ("La mañana después del incendio"); y saber que cada uno de nosotros escoge cómo quiere ver la realidad ("El viejo del mar").


Sin embargo, el cuento que me ha llevado a escribir ya este post, aunque no he leído todavía ni un tercio del libro es "Una chica puede malograr su suerte", el cual presumiblemente abre el segundo ciclo, centrado en las relaciones adultas representadas por los matrimonios Derdon y Bagot. El cuento en cuestión se centra en los Derdon y me ha parecido devastador. Una aguda y dura representación de cómo dos personas viven juntas pero en mundos a parte y están condenadas a convivir no sólo sin entenderse, sino que sin tan siquiera encontrarse. Brennan describe, sin cargar las tintas, esas pequeñas pero lacerantes mezquindades existentes en el seno de muchos matrimonios. Sedimentadas y refinadas por años de convivencia ingrata. No habla de grandes conflictos melodramáticos, sino de cómo la amargura resultante de la constatación de que aquello en que se creyó en su momento no fue más que una ilusión, es el veneno que se dosifica en el lento asesinato psíquico del otro y de sí mismo. Nada más que decir.


* Más frecuentes de lo que creemos.

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