jueves, 27 de junio de 2013

Listas

Llegan las vacaciones. Uno de mis momentos preferidos del año es cuando escojo lo que planeo leer durante éstas. Creo que ya he dicho en alguna ocasión que me encantan las listas. Y todavía más tachar aquello ya realizado. Es más, guardo hasta las listas en las que he tachado todo lo que estaba en ellas. Tengo una carpeta llena. Algunas ya digamos que "archivadas", otras aún abiertas.

Empecé con este vicio (iba a poner práctica, pero es un vicio) cuando estaba en el instituto. Hoy, más de 20 años después, todavía lo conservo. De hecho, gracias a este vicio, tengo una lista completa de todos los libros que he leído desde el verano de 1994, cuando empecé a anotar metódicamente todos y cada uno de los libros que leía, por orden cronológico y agrupados por estaciones. Puede parecer una tontería y una pérdida de tiempo típica de un carácter con transtorno obsesivo-compulsivo, pero tiene sus ventajas. Si eres una persona que tiene una cierta fijación por volver al pasado, mirarlo retrospectivamente e intentar buscar un sentido al presente a la luz del primero. O si simplemente tienes una temprana consciencia de que como cualquier otro ser humano eres historia y además tienes curiosidad por la persona que fuiste, esta práctica aporta información muy relevante.

Puedo descubrir con facilidad qué era lo que me interesaba cuando tenía 16, 22 o 30 años. Al principio las lecturas eran caóticas. Leía cualquier cosa. No había una relación entre las lecturas. No es difícil deducir que cuando era una quinceañera era una lectora voraz abrumada y entusiasmada por el descubrimiento que acababa de realizar: la literatura para adultos. Todo estaba por descubrir. Cada libro era un mundo nuevo. Con el paso del tiempo, me fui centrando. Ya se me había despertado un gusto literario. Lo que leía tenía alguna relación. Tal vez no perceptible de una forma clara y distinta, pero había vínculos subyacentes. También es fácil observar en qué momentos he leído más o menos. También es fácil deducir por qué. Es más, hasta puedo recordar la razón por la cual en cada momento leía cada título.

Cuando iba a la universidad y estaba en la época de exámenes, al ser una estudiante de letras, tenía que pasar muchas horas estudiando. No puedo hablar de cómo se preparaba los exámenes un futuro arquitecto o ingeniero, pero sí que sé cómo lo hacía yo. Me pasaba muchas horas seguidas leyendo apuntes. Todos los meses de febrero y junio durante cuatro años, leí libros de Tom Sharpe y P. G. Wodehouse. Quería relajarme, distraerme y reír. Romper la rutina diaria haciendo en el fondo lo que más me gustaba: leer. Me pasaba el día leyendo apuntes y en los momentos de descanso, leía a estos autores británicos. Pasada mi época de estudiante, no he vuelto a leerlos. Creo que este hábito me creó un anclaje tan fuerte, que los tengo tan asociados a ese periodo de mi vida que me constará volver a ellos en un contexto completamente diferente. Cuando hace unos días me enteré de la muerte de Tom Sharpe, una de las primeras imágenes que me vino a la mente fui yo sentada en la biblioteca de la facultat... estudiando.

Quería en este post escribir sobre los libros que pienso leer estas vacaciones. Presentar una mini lista. Una declaración de intenciones. Pero me he dejado llevar y ha salido otra cosa.  La lista, otro día.

lunes, 24 de junio de 2013

Escribir en la cama

Esta semana he tenido acceso por casualidad a un artículo de hace dos años publicado en The Guardian en el que se explican las ventajas de escribir en la cama. Da además algunos ejemplos, entre ellos el muy conocido de Marcel Proust.


Mark Twain

A mí nunca me ha parecido que escribir en la cama deba ser algo especialmente cómodo. Es más, por las mismas necesidades de la escritura debe ser relativamente sencillo tener la necesidad de levantarse de la misma con cierta frecuencia para hacer consultas en materiales de referencia. El contraste de temperatura entre entrar y salir, sobre todo en invierno, me parece una tortura. Ahora, con internet, esta necesidad debe haberse reducido drácticamente, pero en la época de Proust, internet no existía. Ni siquiera era concebible. Pero seguro que Proust tenía criada.

Cuando estudiaba en la universidad, Fernando Valls, uno de los profesores de literatura que tuve, nos explicó el caso de un escritor español que en un momento dado decidió que se quedaba a vivir en la cama. No logro recordar el nombre del escritor. Sin embargo, me quedé con la anécdota no sólo por su carácter excéntrico, sino porque también me planteaba dudas de carácter logístico. Vivir en la cama, literalmente, es imposible. Bien tienes que levantarte para mear. ¿O lo haces en un orinal? ¿O te autoinflinges la tortura de una sonda? Necesitas vivir acompañado, porque solo no puedes. Sea quien sea quien viva contigo, ¿cómo te lo tolera? A mí me viene mi pareja y me dice que ha decidido quedarse a vivir en la cama y tras constatar que va en serio y no me está tomando el pelo, llamo a un psiquiatra. Tal vez todo esto no sea más que envidia. No me gustaría vivir en la cama, pero si pasar mucho más tiempo en ella.

Pero volviendo al artículo. La principal ventaja de escribir en la cama parece ser que favorece el acceso al inconsciente, ya que en los estados inmediatamente anteriores al sueño o posteriores al despertar, el estado de plena consciencia todavía no ha ocupado por completo nuestras mentes y ello favorece al flujo creativo. Y son muchas las técnicas de escritura creativa que intentan favorecer el acceso a este estado, como por ejemplo la escritura automática.

jueves, 20 de junio de 2013

Libros y rulos: Los oficios terrestres

Sí, es verdad, no paran de cerrar librerías. No sé detalladamente qué está pasando en España, pero en Barcelona, desde hace unos cuantos años, es un no parar. En poco más de diez años han cerrado muchas de las librerías que conformaban el paisaje sentimental de los lectores de la ciudad. La librería francesa (en Passeig de Gràcia), la Cinc d'Oros  y la Áncora y Delfín (ambas en la Av. Diagonal), Ona (en la Gran Via de les Corts Catalanes) y este 2013 ha sonado la alarma a raiz del cierre de la librería Proa, la librería Catalonia y el traslado de la librería Jaimes. Hace pocos días se ha anunciado también el cierre de la librería Canuda, en la que parece ser que se basó Ruiz Zafón en su novela La sombra del viento. Seguro que han cerrado más librerías, pero su cierre no ha tenido la repercusión mediática de las que he citado, porque quizá no se encontraban en lugares tan emblemáticos de la ciudad o porque no eran tan antiguas, o porque su local no va a ser ocupado por un McDonalds.

No quiero hacer un discurso apocalíptico. Es cierto que las ventas de libros, por muchas razones y no todas relacionadas con la crisis, han bajado y que el alquiler de los locales se había disparado durante los últimos años. Creo simplemente que muchas de estas librerías representaban la clase media de las librerías, esto es, lo que se encuentra entre una FNAC o Casa del Libro y una pequeña librería militante como, por ejemplo, la Taifa (calle Verdi). Y ya sabemos que la situación está conduciendo a la polarización: para sobrevivir tienes que ser una gran corporación o dedicarte a la guerrilla y estar muy especializado. Lo que está en medio, lo que equilibraba el ecosistema, se ha ido a tomar por saco (aunque existan todavía buenos ejemplos de clase media). Repito, por muchas razones y no todas debidas a la crisis económica.


Esta pequeña introducción viene a cuento de un descubrimiento que he hecho hoy. Ante el cierre de librerías históricas no deja de sorprenderme la apertura de otras. Microlibrerías. Guerrilla pura. Muy especializadas. Madrid es un claro ejemplo de este fenómeno. Hay calles en las que puedes encontrar, a escasos metros unas de otras, tres o cuatro de estas microlibrerías. Generalmente regentadas por gente joven. Muy a menudo un híbrido entre librería y cafetería. Pero lo que hoy he descubierto es el no va más: la librería / peluquería. Y no me estoy cachondeando. Me encanta la idea. Se llama Los Oficios Terrestres y se encuentra en Palma de Mallorca. Si algún día estoy por allí, aprovecharé para pasarme y hacerme unas mechas.

Los oficios terrestres es, además, el título de un libro de Rodolfo Walsh.

jueves, 6 de junio de 2013

Dolor y humor: Así es como la pierdes

Así es como la pierdes es la traducción al castellano del último libro de Junot Díaz publicado en España. Ganador del Premio Pulitzer 2008 y el National Book Critics Circle Award por La maravillosa vida breve de Oscar Wao, su primera y hasta ahora única novela, Junot Díaz es un autor relativamente joven con una trayectoria que ya no es prometedora, sino una realidad fehaciente.



Este conjunto de relatos tiene como protagonista a Yunior, una especie de álter ego juvenil del autor. Puede leerse como una novela, ya que los personajes son recurrentes, tanto en su presencia como en su ausencia. Sin embargo, todos y cada uno de los cuentos tiene su propia entidad. Se sostienen por sí mismos.

Yunior es un joven solitario, un emigrante dominicano en New Jersey. Llega con su madre y su hermano siendo tan sólo un niño para reunirse con su padre. Tiene relaciones más que complicadas con las mujeres porque tiene serias dificultades para mantener el pajarillo dentro de la jaula y llega el día en que le rompen el corazón. Y es que como reza la contracubierta "lo que les hacemos a nuestros ex amantes nos lo harán inevitablemente a nosotros". Pero un corazón puede romperse de muchas maneras, no sólo por desamor. Las ausencias y el efecto que éstas dejan en los seres que amamos y que podemos percibir, observándolas a una distancia respetuosa y silenciosa, también pueden llegar a romper un corazón.

Describir la depresión provocada por el desamor como “un avión chocándose contra su alma” o el invierno en Boston como terrorismo, son ejemplos del estilo descarnado a la par que hilarante, que caracteriza la prosa de Díaz. Una prosa ágil, divertida, brutal, aguda e inteligente. Tiena una capacidad más que notable para generar metáforas que sacuden más fuerte que un gancho de derecha. Díaz conjuga como nadie el dolor con el humor.