viernes, 28 de diciembre de 2012

Vinieron como golondrinas

A veces los lectores sensibles tenemos la suerte de encontrar libros en los que podemos llegar a leernos a nosotros mismos sin haber experimentado ninguna de las situaciones o sentimientos se describen. Esto es exactamente lo que me ha sucedido estos días con la lectura de Vinieron como golondrinas de William Maxwell.


Nos encontramos ante una novela de amor tiernísima en la que el sujeto de este sentimiento es la madre y esposa de los narradores de los tres capítulos de que se compone la obra. Bunny, hijo pequeño y claro alter-ego del autor, siente tal amor por su madre, centro de su vida, que recuerda al pequeño Marcel de Por el camino de Swann. Aquel niño que no podía dormir por las noches si la madre no subía a su habitación para despedirse con un beso de buenas noches. Bunny es un niño hipersensible la felicidad del cual puede verse dramáticamente alterada si su madre no corresponde a alguna de sus miradas anhelantes. Robert, hermano mayor preadolescente, vive encerrado en sí mismo desde que sufrió un accidente que le hizo perder una pierna. Observador pasivo de la situación familiar, intuye muy pronto que su madre morirá de la gripe española que ha contraído y que los adultos que le rodean quieren esconder.

Finalmente, James, marido de Elizabeth, hombre serio y ensimismado en sus negocios y por la situación política de los últimos momentos de la Primera Guerra Mundial, ve derrumbarse su pequeño y cálido mundo doméstico con la muerte de su esposa. Verdadero pilar familiar, Elizabeth dirigía con mano dulce pero firme el cálido hogar de esta familia de clase media de los EE. UU. del primer tercio de siglo XX. James pierde el norte y el sentido de su vida cuando Elizabeth ya no está y se siente incapaz de resistir la ausencia de su compañera y amiga durante tantos años. Precioso es el episodio en el que el distante Robert vislumbra los profundos cambios acaecidos y el estado anímico de su padre, ofreciéndole su apoyo a través de una prematura entrada a la edad adulta.William Maxwell fue durante cuarenta años editor literario de la prestigiosa revista The New Yorker. Su cultura literaria adquirida en Harvard le permitió editar parte de la narrativa breve de autores hoy consagrados como Vladimir Nabokov, John Cheever o Flannery O'Connor, ayudándoles desde el silencio a convertirse en los grandes autores que hoy son considerados. La obra literaria de Maxwell consiste de diversa narrativa breve y seis novelas de las cuales buena parte ha sido publicada en España por Libros del asteroide.

martes, 25 de diciembre de 2012

Los mejores libros que he leído en 2012

Presentados por estricto orden de lectura:


Entre cielo y tierra, de Jón Kalman Stefánsson

Los hechos. Autobiografía de un novelista, de Philip Roth

Els convidats, de Emili Teixidor

Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron

Caminos ocultos, de Tawni O'Dell

Stoner, de John Williams

El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan

Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver

miércoles, 19 de diciembre de 2012

A Play of Passion


A la espera de que el viernes se acabe el mundo, y con la certidumbre que, independientemente de que suceda o no, el mundo tal y como lo conocimos, parece irremediablemente condenado a la extinción, os dejo un poema de Sir Walter Raleigh (1552-1618). Un regalo navideño que se adelanta con timidez para reflexionar un poco sobre qué es la vida. 

What is our life? A play of passion,
Our mirth the music of division;
 
Our mothers’ wombs the tiring-houses be
Where we are dressed for this short comedy;
Heaven the judicious, sharp spectator is
That sits and marks still who doth act amiss;
Our graves that hide us from the searching sun
Are like drawn curtains when the play is done:
Thus march we, playing, to our latest rest,
Only we die in earnest, that’s no jest.

Sir Walter Raleigh, miembro de la corte de la reina Isabel I, conocida como la “ReinaVirgen”, fue además de poeta, soldado, espía, explorador y popularizó el tabaco en Inglaterra. El paradigma del hombre del Renacimiento. Es uno de los personajes destacados de la película Elizabeth. La edad de oro.



sábado, 8 de diciembre de 2012

Que todo vuelva a estar por hacer y todo sea posible

Cuando estudiaba en la universidad, leía sobre todo en el tren. Tardaba aproximadamente una hora y media en llegar a la facultad, si no había problemas con la RENFE. De esto hace ya más de una década. No he vuelto a leer tanto en mi vida. Eran tres horas disponibles al día. Entre clase y clase, si éstas no eran seguidas, también leía. Generalmente en la biblioteca o tirada en el césped del campus. A medida que avanza la edad, cada vez dispones de menos tiempo para leer. No se trata de una excusa. Tal vez dispongas de horas libres, pero no del espacio mental disponible. La concentración es cada vez más difícil porque estamos invadidos por las miles y una preocupaciones cotidianas que nos reclaman. Desde el trivial qué voy a hacer para la cena hasta el dramático cómo me las arreglo para llegar a finales de mes. A menudo me gustaría regresar a los escasos diecinueve o veinte años en los que tierna como un panecillo experimentaba sin saberlo el famoso "tot estar per fer i tot és possible", de Miquel Martí i Pol y perteneciente al poema Ara mateix. El poema No volveré a ser joven, de Jaime Gil de Biedma, posee unos versos clarividentes:

"-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante."

Pero es la vida la que se te lleva a ti por delante. Con frecuencia. Aunque no creo que tenga por qué ser así. Querer llevarse la vida por delante es en cierta medida tener ilusión. Tal vez de un modo un tanto impetuoso y agresivo, pero ilusión. Y aquí volvemos otra vez a los maravillosamente evocadores versos de Martí i Pol: "tot estar per fer i tot és possible". Ésta debería ser nuestra actitud. Construcción permanente. Considerarnos un proyecto a largo plazo que mutará constantemente porque tenemos infinitas posibilidades.