domingo, 27 de enero de 2013

Los ídolos de nosotros, por la sumisa fe de después


Ídols

Aleshores, quan jèiem
abraçats davant la finestra
oberta al pendís d'oliveres (dues
llavors nues dins d'un fruit que l'estiu
ha badat violent, i que s'omple
d'aire) no teníem records. Érem
el record que tenim ara. Érem
aquesta imatge. Els ídols de nosaltres,
per la submisa fe de després.

Gabriel Ferrater, Teoria dels cossos

martes, 22 de enero de 2013

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos

Hay libros que se leen en el momento apropiado. Libros que se leen demasiado pronto y otros que nunca tienen su momento. Así como últimamente constato modo martillazo que la experiencia es aquello que adquieres justo después de haberla necesitado, todavía no he sentido tras terminar un libro que haya llegado a mí demasiado tarde, ni con Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, que ya es decir.

Todo esto me viene a la mente tras la relectura reciente que he hecho de La insoportable levedad del ser, novela que leí cuando iba al instituto y que recuerdo que en su momento me gustó mucho, si bien no logro entender la razón, ya que difícilmente con quince años podía haber entendido este libro. O tal vez sí. Quién sabe.

De cualquier modo, lo que me sorprende no son los diferentes niveles de lectura que puede realizar una persona a medida que su propia vida, a lo largo del transcurso de los años, va adquiriendo más capas. Ni qué decir tiene que para según qué libros va bien que estas capas se hayan adquirido mediante la técnica del hachazo. Más allá del contenido filosófico y psicológico de la novela de Kundera, la reflexión sobre la levedad, el papel que juega la casualidad en nuestros destinos y, en consecuencia, la inmensa futilidad del amor y el sexo en nuestras vidas (constatación trágica ya que son dos aspectos a los cuales les damos un extraordinario valor); lo que de veras me ha sorprendido es constatar que a pesar de que hayan transcurrido más de 15 años desde su primera lectura, la esencia del ser que se enfrentaba al texto seguía siendo el mismo.


Recordaba pocas cosas de la novela más allá de Sabine y su sombrero, el adulterio, la imagen de Teresa ante la puerta con Ana Karenina bajo el brazo y Karenin. Recordaba sobre todo a Karenin y ciertas páginas del libro que en su momento me emocionaron profundamente. Pero claro, era una pipiola. Pues bien, lo han vuelto a hacer. Es como volver a ver Los puentes de Madison County y que se te salten las lágrimas siempre con la misma secuencia (la de la cadenita en el retrovisor). Y pasa.

No sé si a vosotros os sucede lo mismo, pero mirando atrás a veces me cuesta reconocerme en la niña que fui y esto también es aplicable a la adolescente que perpetré. Tal vez quince años no sean nada pero para mí son casi el 50% de mi vida. El verso, aquí descontextualizado, de Pablo Neruda "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", no tiene sentido. Somos y hemos dejado de ser, pero aún somos.

Y esta maravillosa constatación de que al emocionarme con el mismo fragmento que me emocioné hace muchos años sigue quedando algo de aquella persona que fui antes de empezar a vivir proactiva y reactivamente, me emociona y reconforta a la vez.

domingo, 13 de enero de 2013

Complicada supervivencia

Imaginaos que sois una adolescente y que vive en una comunidad menonita, por lo que lo mejor que os depara la vida es la muerte. Seductor, ¿verdad? Esto es lo que le pasa a la Nomi, protagonista de Complicada bondad de Miriam Toews (Anagrama).

La literatura procedente de Canadá es bastante desconocida por los lectores peninsulares. Con la excepción del galardonado Robertson Davies, Alice Munro, Margaret Atwood y pocos más, casi desconocemos la producción editorial de un país tan grande.


Complicada bondad fue galardonada con un premio muy parecido al Premi Llibreter: el Premio al mejor libro del año otorgado por los libreros canadienses. Se trata de la primera novela de esta autora publicada en España, a pesar de ser su tercera obra.


Siento una especial debilidad por Canadá. Desde que estuve pienso que es un país ideal para vivir si olvidamos que en invierno pueden llegar a unas temperaturas aterradoras para aquellos que estamos acostumbrados al clima mediterráneo. Los días que pasé allí me hicieron quedarme con la impresión de encontrarme con un país tolerante, mucho más que España, por ejemplo. No es extraño que haya muchísima inmigración procedente de muchos lugares del mundo, con la clara excepción de los países con climas cálidos, claro. Quizás por esta razón comunidades como los menonitas y los amish eligieron Canadá como uno de los lugares donde establecerse cuando huyeron de las persecuciones religiosas en Europa.





Toews, con humor, nos hace partícipes de la angustia vital que una joven con los mismos intereses que el resto de jóvenes de su edad, puede experimentar en una comunidad tan pequeña, regulada y castradora como la suya. Aún peor si el líder espiritual es tu tío y tu hermana uno de los miembros más díscolos de la comunidad.

En una comunidad así, cualquier intento de particularizarse dentro de la masa es una fuente de problemas. Las opiniones libres, los sentimientos individuales, las relaciones con los demás más allá de lo establecido como correcto y saludable ... La sombra del pecado es el elemento regulador y coercitivo que aglutina toda la comunidad. Nomi no es idiota, sin embargo, y a menudo se cuestiona la arbitrariedad con que se establece qué es pecado y qué no lo es.


No creo que sea una novela excepcional como sí lo es por ejemplo Arthur y George, de Julian Barnes y sobre la que ya he escrito, pero si una buena oportunidad para conocer que se cuece dentro de estas pequeñas comunidades, la existencia de las cuales encontramos anecdótica.

viernes, 11 de enero de 2013

Nieve

Cuando todas las mañanas se afeita delante del espejo, la espuma de afeitar le recuerda que será feliz el día que por fin consiga realizar el viaje de sus sueños: las blancas y silenciosas montañas nevadas de Canadá. E irremediablemente cada mañana también, observa como las pompas de espuma de afeitar son engullidas por el desagüe del lavabo. 

Al salir de éste ya puede oler el aroma del café que sale de la cocina. Su mujer, despeinada, aún en pijama, está preparando unas tostadas que el no va a tener tiempo de de comer. Corre a despertar a los niños. No consigue librarse de una punzada de dolor diaria al tener que arrancarlos tan pronto de la seguridad y calidez que adivina bajo el mullido edredón. Vuelve a la cocina. Se toma el café rápidamente, escuchando distraídamente las noticias de la radio y pensando en que si hay tráfico llegará tarde a la oficina. 

Cruzar el umbral de la puerta es la salida al campo de batalla. No sabe ni cómo y ya está dentro del coche. La radio encendida. Se ha destapado un nuevo caso de corrupción. Terremoto en Chile. Revueltas en los suburbios de París. Sube el IPC. Esta noche semifinal de la Champions. Lluvia para esta tarde. “¡Cómo se va a poner el tráfico!” El previsible embotellamiento. Mira a la mujer que está al volante en el coche de al lado. Aprovechando que el coche está parado, se está maquillando los ojos. Tiene cara de cansancio y no son ni las ocho de la mañana. Al mirarla, no logra recordar cuánto hace que su mujer dejó de maquillarse, ni tampoco si ha dejado de hacerlo alguna vez.

El claxon del coche de atrás lo despierta violentamente de su letargia y pone primera. Pasa a escasos cincuenta quilómetros por hora por delante de la fábrica de cemento. Su imponente presencia gris ya ha comenzado a desprender un humo plomizo. Y vuelve a pensar en las blancas cimas de las montañas de Canadá.

Llega a la oficina cansado y deprimido. Enciende el ordenador con hastío, listo para pasarse las próximas diez horas apagando fuegos. El compañero de la mesa de al lado le pregunta si quiere participar en la porra del partido de la noche. Contesta que sí, y da un posible resultado sin pensar mucho en él. No le gusta el fútbol. Cuando llega la hora de la comida, se ha tomado tres cafés de la máquina de vending y ha mirado el reloj siete veces. Baja con sus compañeros a comer un menú del bar de la esquina. Hablan de trabajo, de fútbol y de lo mal que va el mundo. Cuando vuelve a instalarse delante del ordenador dentro de la oficina casi vacía, experimenta un ligero adormecimiento. Una dulce sensación de abandono. Lo despierta el teléfono. La secretaria del jefe del departamento de ventas le informa que se ha adelantado la reunión prevista para las seis a las cuatro y media. Nerviosismo. Dispone de menos tiempo del previsto para repasarse el informe que acabó de redactar ayer por la noche. Va a por un café a la máquina y vuelve a su mesa. La oficina vuelve a estar en marcha. No recuerda si la gente ha vuelto o no antes de que sonase el teléfono. Se sumerge en la relectura frenética del informe.

La reunión acaba a las siete y media. “Si me doy prisa aún podré cenar con mis hijos.” Hay tráfico, aunque menos del previsto. Enciende la radio. Está en marcha la previa del partido. “Claro, la gente está ya en su casa preparando la cena para verlo. Lo había olvidado por completo.” Tiene que rehacer el informe porque al parecer no se ajusta a los objetivos del departamento de ventas. Al volver a pasar por delante de la fábrica de cemento, recuerda las noches de su juventud, cuando recorría un trayecto similar con su pandilla de amigos los fines de semana para salir de juerga. Recuerda el sonido de las risas en el interior del coche y aquella lejana sensación de que el mundo estaba a sus pies y de que todo estaba por hacer y todo era posible. Con una cierta angustia en su pecho se pregunta qué habrá sido de Juan, de Manuel y de Pedro. Hace años que han perdido el contacto. “Ojalá todo les vaya bien.”

Sin saber muy bien cómo está delante de la puerta del ascensor de su casa. Las ocho y media. Mientras busca las llaves en el bolsillo de la gabardina, oye gritos de euforia en el piso de al lado. “Deben haber marcado.” Por más que lo intenta, no logra recordar cuál ha sido su apuesta en la porra.

Cuando abre la puerta de su casa se encuentra ante un pasillo oscuro. Al fondo, la luz amarillenta del comedor. La tele encendida. La voz del locutor del partido al fondo. Su mujer en la cocina. Lo recibe con una sonrisa cansada mientras envuelve con papel de aluminio los bocadillos del desayuno del colegio de los niños para el día siguiente. Al entrar en el comedor, ve a los niños sentados a la mesa, cenando, mientras miran el partido. Miguel, el pequeño, se gira y lo mira: “¡Papá, mira, mira qué he hecho!” Apaga la televisión, se acerca a la mesa y mira por encima de su hijo. Sobre el plato ve una montaña blanca de arroz. Miguel le sonríe con candor, y con la base de la cuchara la aplasta, la recoge y se la mete en la boca. Su padre siente una opresión en el pecho, seguida de un ligero mareo. Suelta el maletín. Se deja caer sobre una silla, y se pone a llorar en silencio.

domingo, 6 de enero de 2013

Reyes

Ni Sherwood Anderson, ni Julian Barnes, ni Larry McMurtry, ni D.E.Stevenson: Hans Fallada e Ingrid Noll.



Llop entre llops (Lobo entre lobos), de Hans Fallada


Por la borda, de Ingrid Noll

viernes, 4 de enero de 2013

Llorones

"Mi generación lo ha tenido todo, aunque muy poco que esperar. Ha crecido con más bienestar y ofertas de información y movilidad que todas las generaciones que la precedieron. Es una generación con una juventud dorada, cuyas perspectivas de futuro a corto y largo plazo son todo menos brillantes."


Este es el certero análisis de la juventud actual, aquellos nacidos en la década de los ochenta, que realiza la joven Meredith Haaf en Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos. Este es un ensayo sociológico bien documentado y también un texto político. Haaf analiza la situación actual de la juventud alemana, aunque en muchos aspectos -pero no en todos- podría ser extrapolable a la española, y constata la desesperanza e inmadurez de una generación que justo en los albores de su vida adulta ya sabe que está condenada a lamentarse suspirando "cualquier tiempo pasado fue mejor". Una generación que sabe que a diferencia de sus padres y abuelos, no viven en una época de progreso, que sus vidas no van a ser una línea ascendente, sino que lo mejor ya ha pasado, su época dorada ha sido la infancia y que ante ellos, tanto en su presente inmediato como en su futuro, no hay más que un abismo de precariedad e involución.

"(...) el temor de que las cosas vayan mal es mayor que la esperanza de que todo salga bien."

"(...) el discurso sobre los requisitos vitales característico de comienzos de siglo XXI está orientado a transformar a las personas en seres nerviosos y desanimados."

Sin embargo, éste no es un libro victimista. Es realista en su análisis de la situación actual y de los efectos que tiene en el estado de ánimo y en la frustración de los proyectos de vida de los jóvenes, pero a la vez es muy crítico con éstos, ya que les reprocha su infantilismo, inmadurez, individualismo pertinaz, insolidaridad y falta de compromiso político. Todos y cada uno de los aspectos de la vida son analizados con agudez y amargura. Ni la misma autora se salva de la autocrítica.

Dejad de lloriquear es justo esto, una llamada a que los jóvenes dejen de lamentarse por su situación y salgan de esa zona de confort profundamente inmadura en la que se refugian ante la desesperanza y la falta de ilusión, ese escepticismo y distanciamiento hedonista y nihilista a la par, y tomen individual y colectivamente las riendas de su vida comprometiéndose por cambiar la herencia de su presente y su futuro, la cual no tiene porque ser ineluctable.