viernes, 4 de enero de 2013

Llorones

"Mi generación lo ha tenido todo, aunque muy poco que esperar. Ha crecido con más bienestar y ofertas de información y movilidad que todas las generaciones que la precedieron. Es una generación con una juventud dorada, cuyas perspectivas de futuro a corto y largo plazo son todo menos brillantes."


Este es el certero análisis de la juventud actual, aquellos nacidos en la década de los ochenta, que realiza la joven Meredith Haaf en Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos. Este es un ensayo sociológico bien documentado y también un texto político. Haaf analiza la situación actual de la juventud alemana, aunque en muchos aspectos -pero no en todos- podría ser extrapolable a la española, y constata la desesperanza e inmadurez de una generación que justo en los albores de su vida adulta ya sabe que está condenada a lamentarse suspirando "cualquier tiempo pasado fue mejor". Una generación que sabe que a diferencia de sus padres y abuelos, no viven en una época de progreso, que sus vidas no van a ser una línea ascendente, sino que lo mejor ya ha pasado, su época dorada ha sido la infancia y que ante ellos, tanto en su presente inmediato como en su futuro, no hay más que un abismo de precariedad e involución.

"(...) el temor de que las cosas vayan mal es mayor que la esperanza de que todo salga bien."

"(...) el discurso sobre los requisitos vitales característico de comienzos de siglo XXI está orientado a transformar a las personas en seres nerviosos y desanimados."

Sin embargo, éste no es un libro victimista. Es realista en su análisis de la situación actual y de los efectos que tiene en el estado de ánimo y en la frustración de los proyectos de vida de los jóvenes, pero a la vez es muy crítico con éstos, ya que les reprocha su infantilismo, inmadurez, individualismo pertinaz, insolidaridad y falta de compromiso político. Todos y cada uno de los aspectos de la vida son analizados con agudez y amargura. Ni la misma autora se salva de la autocrítica.

Dejad de lloriquear es justo esto, una llamada a que los jóvenes dejen de lamentarse por su situación y salgan de esa zona de confort profundamente inmadura en la que se refugian ante la desesperanza y la falta de ilusión, ese escepticismo y distanciamiento hedonista y nihilista a la par, y tomen individual y colectivamente las riendas de su vida comprometiéndose por cambiar la herencia de su presente y su futuro, la cual no tiene porque ser ineluctable.

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