martes, 22 de enero de 2013

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos

Hay libros que se leen en el momento apropiado. Libros que se leen demasiado pronto y otros que nunca tienen su momento. Así como últimamente constato modo martillazo que la experiencia es aquello que adquieres justo después de haberla necesitado, todavía no he sentido tras terminar un libro que haya llegado a mí demasiado tarde, ni con Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, que ya es decir.

Todo esto me viene a la mente tras la relectura reciente que he hecho de La insoportable levedad del ser, novela que leí cuando iba al instituto y que recuerdo que en su momento me gustó mucho, si bien no logro entender la razón, ya que difícilmente con quince años podía haber entendido este libro. O tal vez sí. Quién sabe.

De cualquier modo, lo que me sorprende no son los diferentes niveles de lectura que puede realizar una persona a medida que su propia vida, a lo largo del transcurso de los años, va adquiriendo más capas. Ni qué decir tiene que para según qué libros va bien que estas capas se hayan adquirido mediante la técnica del hachazo. Más allá del contenido filosófico y psicológico de la novela de Kundera, la reflexión sobre la levedad, el papel que juega la casualidad en nuestros destinos y, en consecuencia, la inmensa futilidad del amor y el sexo en nuestras vidas (constatación trágica ya que son dos aspectos a los cuales les damos un extraordinario valor); lo que de veras me ha sorprendido es constatar que a pesar de que hayan transcurrido más de 15 años desde su primera lectura, la esencia del ser que se enfrentaba al texto seguía siendo el mismo.


Recordaba pocas cosas de la novela más allá de Sabine y su sombrero, el adulterio, la imagen de Teresa ante la puerta con Ana Karenina bajo el brazo y Karenin. Recordaba sobre todo a Karenin y ciertas páginas del libro que en su momento me emocionaron profundamente. Pero claro, era una pipiola. Pues bien, lo han vuelto a hacer. Es como volver a ver Los puentes de Madison County y que se te salten las lágrimas siempre con la misma secuencia (la de la cadenita en el retrovisor). Y pasa.

No sé si a vosotros os sucede lo mismo, pero mirando atrás a veces me cuesta reconocerme en la niña que fui y esto también es aplicable a la adolescente que perpetré. Tal vez quince años no sean nada pero para mí son casi el 50% de mi vida. El verso, aquí descontextualizado, de Pablo Neruda "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", no tiene sentido. Somos y hemos dejado de ser, pero aún somos.

Y esta maravillosa constatación de que al emocionarme con el mismo fragmento que me emocioné hace muchos años sigue quedando algo de aquella persona que fui antes de empezar a vivir proactiva y reactivamente, me emociona y reconforta a la vez.

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