martes, 10 de julio de 2012

Mafalda y yo

Felipe, de Quino, es uno de los personajes de ficción más logrados para representar el trastorno obsesivo compulsivo y el pesimismo. El angustias perpetuo, que sueña, cómo podía ser sino, con ser El Llanero Solitario. Una ironía cruel de un autor que, sin embargo, a menudo se enternece con sus personajes.


Mafalda, desde pequeña, siempre ha sido una de mis obras favoritas. Mi primer libro de Mafalda, el número tres, me lo regaló mi hermana una mañana de domingo. Había venido a Granollers a visitarnos con su novio. Yo tendría entre seis y ocho años. Estábamos en el antiguo bar del Casino, donde nos habíamos refugiado de la lluvia. Ese día llovió a cántaros y las cloacas se inundaron. Mi hermana lo llevaba encima, en el bolso, porque supongo que pensaba leerlo en el autobús, aunque si venía acompañada de su novio, no creo que leyese mucho en el trayecto. Entonces venía a Granollers en autobús, no en tren. En aquella época los trenes para venir a Granollers salían de la Estació de França. De esto hace más de 25 años. No sé por qué, al final me lo dio y me lo quedé. Supongo que a mi hermana Mafalda no le gustaba mucho.


Con este volumen empecé mi colección y mi larga relación con Mafalda. Como a muchos niños, me gustó. Mafalda tiene muchos niveles de lectura. Evidentemente, no podía entender muchas de la tiras. De hecho, cuando me volví una verdadera lectora de Mafalda fue en el verano del 94, cuando iba al instituto. Entonces me compré todos los volumenes que se habían publicado. Al ómnibus de Lumen todavía le faltaban años para salir a la venta. Creo que ni entonces entendía la totalidad de las tiras ni podía valorar en su justa medida la agudez de muchas de ellas. La viñeta que reproduzco a continuación sólo puede ser profundamente comprendida cuando uno ya dispone de un cierto rodaje en esto de circular por la vida. y ha sufrido unos cuantos desencantos y desengaños. Cuánta verdad destila de las páginas de Mafalda.   


Los personajes de Mafalda, arquetípicos, estaban paradójicamente tan bien definidos y resultan tan memorables, que hoy, muchos años después, todavía los recuerdo con gran nitidez. A ellos el mundo no los ha cambiado. Mafalda, Guille, Susanita, Felipe, Manolito, Libertad... Felipe y Manolito eran mis favoritos. De niña, tal vez mi predilección estaba en Manolito, por lo que tenía de cómico por su brutalidad y visceralidad. Al crecer, me decanté por Felipe, porque su patetismo y su melancolía me enternecían y aún hoy me siguen pareciendo entrañables.


Me resulta extraño como el mundo del cómic, al menos el español, mira con cierto recelo a esta serie. Quizá porque no logran entender o envidian su éxito. Mafalda es de lo mejor que he leído en toda mi vida. Y ahora, unos 25 años después de nuestro primer encuentro, me pregunto por qué Quino escogió a una niña en lugar de un niño, para protagonizar esta obra tan memorable.



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