lunes, 16 de diciembre de 2013

Previsiones para 2014

Creo que este año que termina y que no ha sido demasiado prolífico en lecturas, no merece la lista de lo mejor que he leído este año, aunque si os interesa, ahí va: Junot Díaz.

Voy a optar por otra opción: lo que espero leer el año que viene. Como buena declaración de intenciones, puede quedarse simplemente en eso, en intenciones.

No tengo una bola de cristal, así que desconozco la mayoría de los títulos que se van a publicar el año que viene, pero sí que puedo apostar por lo que conozco y me interesa. Ahí va:

Peter Cameron, Coral Glynn
Hans Fallada, Llop entre llops
Leonardo Padura, El hombre que amaba los perros
John Cheever, Relatos 2
Carsten Jensen, Nosotros, los ahogados
Jordi Puntí, Maletes perdudes
Henry Adams, La educación de Henry Adams
Alice Munro, Demasiada felicidad
Julio Cortázar, Rayuela
Rafael Chirbes, Crematorio
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego
John Dos Passos, Paralelo 42
Vladimir Nabokov, Habla, memoria
Vicenç Pagès Jordà, Els jugadors de whist
Julian Barnes, Nada que temer
Tobias Wolff, Aquí empieza nuestra historia
Pep Coll, Dos taüts negres i dos de blancs
Nadar, Papel estrujado
John Cheever, Bullet Park
Betty Smith, Un árbol crece en Brooklyn




viernes, 27 de septiembre de 2013

Expectativas



De Madame Proust y la cocina kosher me atrajeron dos cosas: Proust y kosher. Lo conocido y lo desconocido. Y la expectativa. El reencuentro con algo que amo y el posible descubrimiento de algo que crees que te puede gustar. Lo que seguro que no me atrajo fue la cubierta de la edición española. Un horror que tras la lectura de la novela puedo afirmar que no refleja, no explica nada del libro.

Kate Taylor cuenta tres historias que se relacionan entre ellas. Hay una primera red de conexiones visible y que configura la trama argumental. La segunda es más sutil y parece querer compensar el desconocimiento verdadero que tenemos de las vidas de personajes reales, mediante la sublimación que permite el arte, construyendo vidas y personajes imaginarios con otros nombres.

Madame Proust y la cocina kosher nos permite leer los diarios ficticios de la madre de Marcel Proust, nos permite conocer la historia personal de la intérprete canadiense que los está estudiando buscando respuestas a su propia vida y huyendo del desamor, y sabemos también de la vida compleja y destruida de Sarah, descendiente de judíos que sucumbieron al Holocausto y madre de Max, el amor de la intérprete.

La novela es correcta. Ya me gustaría a mí algún día llegar a ser capaz de escribir una cosa así. Pero tampoco es espectacular.

domingo, 21 de julio de 2013

El horno no funciona

No he tenido la experiencia de vivir en un piso compartido. Vivia a una distancia relativamente escasa en kilómetrosde la universidad y no fue necesario cambiar provisionalmente de residencia. Tal vez he llegado a una edad en la que vivir en un piso compartido no es la situación ideal. Sin embargo, en cierto modo añoro una experiencia que podría haber sido divertida durante los años universitarios. Tenía amigas que sí que compartían piso. En algunos casos la experiencia acabó como el rosario de la aurora. Hay que escoger bien la compañía, aunque hasta alguien a quien crees conocer muy bien puede darte una sorpresa desagradable una vez de habéis dejado de veros para tomar cañas y pasáis a convivir.


El horno no funciona, de Camille Vannier, va justamente de esto, de un piso compartido. Esta parisina residente en Barcelona, describe muy suscintamente a los múltiples compañeros de piso que tuvo en el barrio de Gràcia. Algunos estuivieron poco tiempo, otros muchos meses. Con algunos se nota que hubo más relación o más simpatía (más anécdotas o detalles), con otros menos.

El horno no funciona desprende frescura y da una idea del tipo y variedad de las relaciones que pueden llegar a establecerse en un piso en el que los inquilinos vienen y se van. Algunos son catalanes, otros extranjeros. Cada uno con sus manías, sus problemas. Complicidades y desencuentros.

Me hubiera gustado una obra más narrativa, con personajes más definidos y tramas que relatasen de una manera más concreta cómo podía haber sido el día a día en aquel piso en el barrio de moda de Barcelona. Pero tal vez la única manera de narrar estas convivencias escurridizas (líquidas, como diríamos ahora) sea la que ha escogido Camille Vannier.


martes, 9 de julio de 2013

Marketing editorial

Hace un par de semanas Babelia publicó un artículo en el que se reflexionaba sobre la dificultad de titular una obra literaria y el papel que juega el título en el éxito comercial de ésta. Participaban en el mismo diferentes autores y profesionales de la edición.

Las opiniones son para todos los gustos y con algunas estoy de acuerdo y con otras no. Creo que quien afirme que el título no tiene nada que ver con el éxito comercial de un libro, se equivoca. Es más, afirmar que los libros no tendrían que tener título, no sólo me parece un desatino con clara voluntad de provocar, si no que es además obviar que nuestra cultura es nominalista.

Evidentemente, un buen título no tiene por qué ir seguido de una gran obra, así como una gran obra puede llevar un título pésimo. Pero raramente encontraremos un éxito comercial con un título nefasto... aunque los hay.

¿Por qué tiene tanta importancia el título? Por la misma razón que la tienen en primer lugar las cubiertas y en tercer lugar los textos de contracubierta. Entremos en una librería tipo FNAC o Casa del Libro, sin tener en mente un libro concreto que comprar. De entrada nos podemos sentir abrumados por la cantidad de libros que esperan pacientes en las mesas de novedades (porque los que están en las estanterías los ignoramos). ¿Qué es lo que va a hacer que nos fijemos en uno y no en otro? La cubierta. Ya sea por su color o colores o por la imagen que incluye o por ambas cosas. La cubierta atraerá nuestra visión hacia ella, hará que la posemos durante un segundo o dos en ella y entonces, tal vez, hagamos el siguiente paso: leer el título del libro. Si nos llama la atención, si título y cubierta casan bien, se nos generará una expectativa. Entonces, tal vez, cojamos el libro, lo volvamos y leamos el texto de la contracubierta. Y ya está: lo volveremos a dejar sobre la mesa de novedades y no volveremos a recordar el libro, lo dejaremos pensando que tal vez otro día o ya me lo pillaré de la biblioteca, o lo agarramos y pasamos por caja.



Huelga decir que las fajas, pegatinas, etc. también ayudan a llamar la atención, pero no creo que jueguen el papel decisivo de los tres elementos que he citado en el párrafo anterior. Repito que no estoy hablando de la calidad de la obra en cuestión, sólo del poder de atracción comercial.

A quien todavía no se haya dado cuenta de que formamos parte de una civilización especializada en la venta de humo, no sé si recomendarle que despierte ya o que siga en su dulce sueño. Elementos completamente ajenos al texto en sí juegan un papel determinante. ¿Y qué más da si al fin, aunque la cubierta sea un horror, el título inocuo y el texto de contracubierta soporífero, previsible y rimbombante, si la obra es buena se sabrá? No, porque si todo esto sucede, tú posiblemente no te fijarás en ese libro, y también pasará bastante desapercibido por los libreros, la crítica literaria, los periodistas culturales... ni el distribuidor le hará especial caso. A no ser que sea la obra de un autor ya muy conocido. O que ocurra un milagro (y suceden, pocos, pero suceden). Y pensaréis... "entonces todos los libros tienen buenas cubiertas, títulos llamativos y textos intrigantes". Y yo te diré que te des un paseo por la librería más cercana que tengas y verás que no.

En este blog ya he dado unos cuantos ejemplos de títulos y cubiertas interesantes. Recuerdo que cuando era una jovencita circulaba un dicho popular que afirmaba "la belleza es a menudo un bonito envoltorio para un decepcionante regalo". La edad me ha enseñado que como en todo, a veces sí y a veces no.

viernes, 5 de julio de 2013

Lecturas vacacionales

Ahora sí. La lista de las lecturas que pienso hacer durante mis vacaciones estivales. No ha sido una elección consciente, pero me he dado cuenta de que las cuatro novelas han sido escritas por mujeres. Alguna razón habrá. Nada es casual.



El insólito peregrinaje de Harold Fry, de Rachel Joyce. La palabra insólito está muy manida, pero sigue llamándome la a atención. Asociar zapatos y peregrinaje en una cubierta, me parece una idea excelente, ya que resulta muy evocador y por la reiteración, refuerza la idea que pretende transmitir.



La Reina de la Remolacha, de Louise Erdrich. Me llamaron la atención tanto la imagen de la cubierta: una representación poderosa de una mujer atractiva que parece ser de armas tomar (una reina), como la palabra remolacha, la cual me resulta inusual.



Madame Proust y la cocina kosher, de Kate Taylor. La cubierta no es que me guste demasiado. Lo que me atrajo fue Proust (está por ver si hay alguna relación) y cocina koscher. No porque yo sea una aficionada a la cocina exótica, sino por la relación de los elementos.



La chica zombie, de mi amiga Laura Fernández, una voz peculiar de la narrativa española actual, que ya debió sorprender a quienes leyeron su novela anterior: Wendolyn Kramer. Cualquier libro suyo es una lectura obligatoria porque no se parece en nada a lo que puedes encontrar en una librería.

¿Qué vais a leer vosotros?

lunes, 1 de julio de 2013

Puro optimismo

LA CIUDAD

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.


Kavafis

jueves, 27 de junio de 2013

Listas

Llegan las vacaciones. Uno de mis momentos preferidos del año es cuando escojo lo que planeo leer durante éstas. Creo que ya he dicho en alguna ocasión que me encantan las listas. Y todavía más tachar aquello ya realizado. Es más, guardo hasta las listas en las que he tachado todo lo que estaba en ellas. Tengo una carpeta llena. Algunas ya digamos que "archivadas", otras aún abiertas.

Empecé con este vicio (iba a poner práctica, pero es un vicio) cuando estaba en el instituto. Hoy, más de 20 años después, todavía lo conservo. De hecho, gracias a este vicio, tengo una lista completa de todos los libros que he leído desde el verano de 1994, cuando empecé a anotar metódicamente todos y cada uno de los libros que leía, por orden cronológico y agrupados por estaciones. Puede parecer una tontería y una pérdida de tiempo típica de un carácter con transtorno obsesivo-compulsivo, pero tiene sus ventajas. Si eres una persona que tiene una cierta fijación por volver al pasado, mirarlo retrospectivamente e intentar buscar un sentido al presente a la luz del primero. O si simplemente tienes una temprana consciencia de que como cualquier otro ser humano eres historia y además tienes curiosidad por la persona que fuiste, esta práctica aporta información muy relevante.

Puedo descubrir con facilidad qué era lo que me interesaba cuando tenía 16, 22 o 30 años. Al principio las lecturas eran caóticas. Leía cualquier cosa. No había una relación entre las lecturas. No es difícil deducir que cuando era una quinceañera era una lectora voraz abrumada y entusiasmada por el descubrimiento que acababa de realizar: la literatura para adultos. Todo estaba por descubrir. Cada libro era un mundo nuevo. Con el paso del tiempo, me fui centrando. Ya se me había despertado un gusto literario. Lo que leía tenía alguna relación. Tal vez no perceptible de una forma clara y distinta, pero había vínculos subyacentes. También es fácil observar en qué momentos he leído más o menos. También es fácil deducir por qué. Es más, hasta puedo recordar la razón por la cual en cada momento leía cada título.

Cuando iba a la universidad y estaba en la época de exámenes, al ser una estudiante de letras, tenía que pasar muchas horas estudiando. No puedo hablar de cómo se preparaba los exámenes un futuro arquitecto o ingeniero, pero sí que sé cómo lo hacía yo. Me pasaba muchas horas seguidas leyendo apuntes. Todos los meses de febrero y junio durante cuatro años, leí libros de Tom Sharpe y P. G. Wodehouse. Quería relajarme, distraerme y reír. Romper la rutina diaria haciendo en el fondo lo que más me gustaba: leer. Me pasaba el día leyendo apuntes y en los momentos de descanso, leía a estos autores británicos. Pasada mi época de estudiante, no he vuelto a leerlos. Creo que este hábito me creó un anclaje tan fuerte, que los tengo tan asociados a ese periodo de mi vida que me constará volver a ellos en un contexto completamente diferente. Cuando hace unos días me enteré de la muerte de Tom Sharpe, una de las primeras imágenes que me vino a la mente fui yo sentada en la biblioteca de la facultat... estudiando.

Quería en este post escribir sobre los libros que pienso leer estas vacaciones. Presentar una mini lista. Una declaración de intenciones. Pero me he dejado llevar y ha salido otra cosa.  La lista, otro día.