lunes, 12 de diciembre de 2011

Decepcionar es pecar


Tenía muchas ganas de leer Las crónicas de la señorita Hempel, de Sarah Shun-lien Bynum. Ganas a ciegas, porque no conocía ni la obra ni a la autora, pero que viniese avalada por ser publicada por Libros del asteroide, ya era una garantía de calidad, más que una mera promesa de la misma. El resultado, sin embargo, ha sido decepcionante. Una decepción grave, porque en el fondo ésta radica no en las expectativas defraudadas por su simple inclusión en un sello sinónimo de calidad, sino porque la misma obra tiene un inicio espectacularmente bueno, que se desinfla con una rapidez pasmosa, que resulta dolorosa. Y esto sí que decepciona, porque prometer sin cumplir es pecar: si una expectativa muy alta no se cumple, la decepción es mayúscula y se vuelve contra ti.


La novela se abre con una celebración escolar por la que van desfilando uno a uno los que parecen ser los principales alumnos de la señorita Hempel, una joven que acaba de iniciar su carrera como profesora y que se siente un tanto insegura. La manera tan delicada y eficaz que tiene la autora de describirnos oportunamente a cada uno de estos jovencísimos personajes, provocándonos que leamos cada una de sus líneas con una sonrisa en los labios y un atisbo de ternura, promete las delicias de cualquier lector con un mínimo de inteligencia y sensibilidad literaria. Promete una novela redonda, llena de detalles y caminos que recorrer, siguiendo las peripecias de unos personajes que a través de una breve descripción se nos han hecho reales y que ya sentimos un poco nuestros. Pero no es así.


Las crónicas de la señorita Hempel carece de unidad y consistencia. Su nexo articulador es el personaje de la maestra, lo cual sería una solución habitual completamente válida, pero es que este personaje palidece y se desdibuja y la suma de capítulos un tanto inconexos, con historias secundarias un poco sin ton ni son (no sabemos por qué se nos explican), con personajes que aparecen un tanto in media res y que desaparecen sin dejar rastro, provoca que al final tengamos la sensación de estar en un bufet libre con unos entrantes maravillosos y unos segundos sosos.

Aún así, aunque sólo sea por leer el primer capítulo, y sólo éste, merece la pena.

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