miércoles, 7 de octubre de 2009

Don y Betty Draper





Quien lea El hombre del traje gris de Sloan Wilson, no podrá evitar encontrar similitudes con el mismo tedio vital engañoso que se describe en Revolutionary Road de Richard Yates y más aún con los personajes de Don y Betty Draper de la serie Mad Men.


Estamos en la América de los años 50, en esa clase media que vive en urbanizaciones de la periferia de Nueva York y que coje el tren cada mañana para ir a trabajar. Los que van a trabajar son los hombres, claro, porque las mujeres se quedan en casa a cuidar de ésta y de los niños, mientras ellos tienen aventuras sexuales de baja intensidad emocional con sus secretarias. Ser ama de casa era toda una profesión aunque no remunerada, y eso que todas estas mujeres tienen estudios universitarios, aunque sólo sean para decorar. Todo parece ir bien y cada cosa estar en su sitio; pero nada más alejado de la realidad. Estos remansos de paz y bienestar se rigen por la satisfacción personal focalizada en el consumo y el ansia de medrar y si no progresas, económicamente se entiende, eres un fracasado. Cada una de las parejas que conforman el dúo protagonista de El hombre del traje gris, Revolutionary Road y Mad Men se sienten especiales, no están todavía en su sitio y los mediocres son los demás. No se dan cuenta de que sus pensamientos más íntimos, ésos que sólo se comparten en la intimidad de la pareja, ese vano consuelo fundamentado en el "en el fondo yo soy mucho mejor que cualquiera de mis vecinos", son los mismos pensamientos que tienen el resto de las parejas con las que beben alcohol, y mucho por cierto, en sus veladas insípidas y se reunen para hacer barbacoas los domingos.


Este autoengañarse a uno mismo funciona y te ayuda a navegar por la vida hasta que llega el momento en que te das cuenta de que has construido ésta, tu única auténtica posesión, en torno a una mentira. Más grave aún, una mentira a ti mismo. Revolutionary Road soluciona este momento vital, este mirarse descarnadamente al espejo, de forma dramática, mientras que en El hombre del traje gris, con muchos menos tintes dramáticos se sobrelleva de una forma más amable, en gran parte porque el protagonista masculino cuenta con la complicidad de un jefe humanista adicto al trabajo que debe pagar graves consecuencias familiares por ello. Me gustaría saber cuántos casos como éste suceden de veras en el mundo real. Aunque tampoco creo que la mayor parte de la gente haga balance de su vida con la misma sinceridad y crueldad con que lo hace la protagonista femenina de Revolutionary Road. Para sobrevivir es recomendable pasar por la vida sin preguntarse demasiado, ahora bien, ¿es recomendable lo mismo si en lugar de pasar por la vida lo que uno quiere es vivirla? ¿Y si llegados a cierta edad te das cuenta de que no has vivido?


Resulta curioso que en tan poco tiempo hayan aparecido dos celebradas novelas y una gran serie sobre las vidas superfluas de las clases medias. Vidas como la tuya y como la mía. Poco revolucionarias y bastante conformistas y estandarizadas. ¿Serviran éstas de algo? No lo creo. Si con la que está cayendo nadie se despierta, ¿que pueden hacer dos novelas y una serie?

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